La Manca de los helechos

Ha ladrado el Gafas a parado. Dos golpes largos y espaciados. No hay duda. Cuando el Gafas marca es que hay un gorrino bajo el lentisco. Y no hay más. El caballo estiró orejas como cuando una cabra mira hacia un precipicio. Y se unen más a la contienda. Y sale el verraco o se lo comen allí.

Hasta ahí todo podría ser una historia común, mil veces repetida y siempre sorprendente. Pero el marrano era ducho en la materia y tomó ventaja a la recova para rodear una hoya y quitarse el aire. Los perros se desorientan, le han perdido. Veo todo desde la barrera de enfrente sin mediar palabra. El cochino sabe que en el cortadero aguarda un rifle listo para partirle el espinazo de una descarga. De pronto alza los bigotes al viento, se carga de aire, comienza a moverse y los perros le delatan. El cochino va derecho a una madroña montando un escándalo impropio de uno que quiere escapar… Y una cierva que allí se encontraba agazapada, advertida por el marrano, sale a correr con toda la jauría detrás. El peludo se escabulle por donde se escabullen los que tienen las canas a modo de galones. Y la orejuda saltó al cortadero donde el montero, más que por rabia que por sorpresa, le soltó sendos balazos sin echarla al suelo. Todos perdimos y el jalufo ganó. Qué disparate es esto de la caza…

Una esquirla le sesgó la pata trasera izquierda. Esa gallarda cierva anda menguada de maneras y sufriendo la herida no mortal que a la muerte la va a conducir. Cómo es esto del monte que hasta el más débil se vuelca fuerte. Un hombre pierde un dedo y con él el conocimiento. Un animal montuno quiebra una mano entera y sigue su vida enmendándose al mundo. Seremos inteligentes, pero a débiles pocos nos ganan…

La otra tarde de primavera iba a lomos de mi caballo y en un regato la vi salir, gorda como una pelota, con la herida cicatrizada y su color oscuro como un brezal de umbría. Eché el rifle a la cara pues la mutilación es una traba para la vida campera. Pero su radiante estado me hizo cambiar de idea. Si la naturaleza le ha dado otra oportunidad no seré yo quien se la arrebate.

Pasan las semanas y regreso al Barranco de los Helechos, donde la vi la última vez. No es que fuera a propósito, pero siempre creí en las casualidades y nunca confié en ellas. Esa cierva tiene un mandato divino y quiero saber cuál es. Talibán menea el mosquero valle arriba, donde la charca del hondo mana agua todos los días del año. Refresqué sus remos y belfos. Y de un zarzalón salió la Morena con un reluciente y gallardo gabato detrás. Se paró, me miró, la admiré y, con prudencia, agachando cabeza y mostrando sigilo, se tapó entre unos quejigos a esperar a que me fuese… Respiré aliviado: había descendencia.

Sigue el tiempo, que pasa a galope sin jinete que lo cese. Mi caballo bufa porque escucha golpes en la alambrada de la reforestación. Acudo al sitio y veo un cervatillo enganchado entre los acerados hilos. Me bajo rápido y acudo a socorrerle. Puedo con él, le sujeto y libero de su cautiverio. Es macho, es precioso. Cuál es mi sorpresa que a pocos metros está su madre, inmóvil, camuflada en una sombra. Besé al gabatillo en la frente y le invité a correr hacia su defensora. Era la Manca de los Helechos, la cierva oscura y morena cuya mirada me daba sosiego. Eran demasiadas casualidades para obviarlo.

Pasa otra temporada, la vida sigue con sus teje manejes. Nos olvidamos el uno del otro. Por allí andará quiero pensar. Hemos soltado una legión de perros para arrasar la sierra como hacemos los cobardes cuando no sabemos cazarla. Es tal el caos y el orden que a veces no sé si estoy vivo o en el purgatorio. Disparos y ladras. Un venado sale raso abajo y corro tras él para meterlo en un puesto. Lo marra en el primer disparo, lo marra de nuevo en el segundo… lo abate en el último intento. Tres oportunidades para el cazador le hacen vencer. El venado no tuvo ninguna más y en el suelo se despide del entorno. Soy cómplice de aquello, cómplice y coautor. Y no me siento mal pero tampoco me siento bien. Soy insensible a esta locura.

 La sierra ha desgranado todos sus mejores frutos. Creo que es hora de terminar. Mando a retirada. Del monte sale una cierva coja con un gallardo gabato detrás. Está renga de la pata trasera izquierda, pero no es de hoy. Es la Manca de los Helechos y hasta Talibán la ha reconocido. Dos perros la siguen muy de cerca. Vamos amigo, tenemos faena. Meto espuelas y prendo el látigo haciéndome llaga en la mano. Por ahí no paso. No señor.

 Corté la carrera de los perros voceando e imperando terminar la caza. No sé si eso es buena lección porque mis perros saben dar alcance a todo lo que se les ponga delante de los hocicos, pero aquella cierva era mi protegida y no iba a permitir que la agarrasen. Algo arriba me decía que tenía que interceder. Y castigué a los canes para permitir que la orejona fuera hasta el barranco siguiente a encontrar el perdedero…

Pasan los días, los meses… y los planes.

La otra noche iba a caballo, acompañados de la luna, mi sombra y yo. Hay berrea y el frescor me hace ajustarme la chaqueta. Amarré el caballo a una rama y, junto a un alcornoque, me tendí a escuchar la soledad. Cansado del mundanal ruido urbanita mis constantes se relajan… y quedo rendido. Con las primeras luces abro los ojos y veo el espectáculo de la aurora. Junto a la charca que vigilo hay un gabato macho retozando y saltando, su madre bebe prudente y aprovecha para comer de los poleos de la orilla. En sus andares advertí su identidad. Talibán resopló y la orejona nos miró en la distancia. Creo que sabe que nosotros somos sus guardianes. El gabatillo hizo por huir, pero creo que fue su madre la que le detuvo delante para enseñármelo.

Justo en ese momento me di cuenta de que las casualidades existen, para anunciar que lo que sucede conviene. Y que nunca antes una bala se llevó tan poco, para darme tanto.

M.J. “Polvorilla”


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