I was there…

I was there

M. J. “Polvorilla”

Hemos cruzado un charco, no el más grande, pero sí hemos tenido que tomar un avión para llegar a mantener el testigo en la caza más exquisita del mundo: el fox hunting, la caza de raposas con sabuesos vestidos de etiqueta ecuestre.

Nosotros no somos gentlemen, somos lanceros vestidos de british. Estamos en un cuento de hadas, en un jardín de dos mil acres donde se cuida hasta el más mínimo detalle; los postes de luz buscan camuflarse en la línea de pinos para no atravesar los posíos por la mitad. Los muros de piedra perfectamente conservados, las puertas adecuadas para poder abrirlas desde una montura o sortearlas brincando una valla hecha, ex profeso, para que un equino la salte sin dilación.

Para cazar el zorro hace falta una cosa: coraje. Y de eso el equipo español está colmado y sobrado. Las vestimentas nos hacen camuflarnos con la contienda de caza. Nuestro inglés nos enmarca como sospechosos, pero nuestra locura nos delata como suicidas. Nosotros no hemos venido aquí a que nos dejen atrás los pelirrojos. Esos caballos de inmensas cruces no tienen ni la mitad de arrestos que los jacos con los que arreamos ganado en las dehesas del sur de la Patria, o los pies de mis pencos que son capaces de dar alcance a un cochino en un pedregal cuando saben que una lanza les ampara.

Somos gratamente recibidos como sobradamente observados por todos y todo. No hemos venido aquí a hacer amigos ni a dar a escabechar raposas. Nuestra misión es apoyar un tipo de caza y costumbre en el punto de mira de unos pocos. Y es la Tradición lo que nos trae aquí y su sustento lo que nos obliga a jugarnos el tipo en cada salto. Los españoles fuimos en un tiempo los guerreros más audaces de la tierra. Y esas cenizas son brasas, y esas brasas están hoy dispuestas a echarse a arder.

Cinco locos sortean durante horas obstáculos y zanjas, ríos y veredas. El galope tendido no agota nuestras costillas y, si lo hace, lo disimulamos con coraje de jinetes kamikazes.  

Hace un día de sol y aire, frío y seco. Hace un día desapacible para todo menos para disfrutar de la vida. Llevamos a galope un puñado de horas y veo a mis amigos arrastrando una brizna el esfuerzo de quien no acostumbra a cambiar la silla vaquera por inglesa.  Queda poco, vamos los cinco a galope, el último salto antes de llegar al fin de la cacería. Nos miramos, apretamos los dientes y las piernas, soltamos rienda y avivamos con las espuelas… Y el spanish team sorteó aquella barrera para colmar en una inmensa llanura donde corzos corrían, liebres invadían y los faisanes brillantes volaban sobre nuestras cabezas…

Mientras admiraba la solemne estampa me vi dentro de unos años hablando a las siguientes generaciones de lo que supone el campo, la caza y el momento en el que estamos. Compungido por la imagen, emocionado por el galope y el grito de guerra de los míos, una frase me salió del alma:

I was there (Yo estuve allí)

Qué cierto es que la vida hay que beberla a tragos largos y brindar entre ellos a cada tranco.  Más cierto es que el campo es la antesala del paraíso que nos aguarda. Y seguro que en él disfrutaremos con todos aquellos que se conformen con un caballo y un par de espuelas…

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