Hablando de cochinos…

Siempre me ha gustado esperar la caza… Desde que de pequeño pasaba horas en los aguaderos para tirar toda clase de pájaros con una escopetilla de 12 milímetros, hasta el día de hoy, no he dejado de aguardar la caza. Me encanta. Y dentro de los aguardos, antepongo el de los cochinos a cualquier otro.

Hace ya muchos años que siento la necesidad de esperarlos, sea la época del año que sea. Pero si hay unas fechas en las que me cuesta aún más no salir al campo por las noches, son los meses de noviembre y diciembre. En el celo.

Centrándome en la historia que nos ocupa, el invierno pasado, hablando, como siempre de cochinos, el guarda de la finca me comentó que había visto ya varías veces la pisada ancha de un macho que cruzaba cada cierto tiempo por un gollizno que parte dos cerros muy apretados de monte, y que desemboca en unos rasos salpicados de carrascas grandes y muy belloteras.

En la parte baja del gollizno se hace una pequeña charca de guijarro y arcilla que mantiene el agua durante casi todo el año, y que es muy querenciosa, con el único inconveniente de que está en una zona muy tapada por el monte y resulta complicado tirar. Esa misma tarde, ilusionado por la noticia, me puse dando vista a la charca, y fue la primera vez que lo vi. Y digo que lo  vi  porque  se  me  metió  casi encima llegando a verle los colmillos.

Todavía había luz cuando me pareció ver algo en la cara opuesta del barranco, por lo que me eché los prismáticos a la cara y durante unos segundos lo vi bajando en mi dirección, apreciando únicamente su tamaño y las hechuras propias de un macho. Lo pude haber tirado, pero me pudo el deseo de verlo más despacio, de juzgarlo mejor.

La dirección que llevaba era la de la charca que yo controlaba, por lo que no debía tardar mucho en entrar a barrearse, sin embargo, imagino que buscando tener el aire de cara, hizo un arco considerable evitando bajar directamente y me fue a salir a unos diez metros por mi lado derecho, sin que pudiera tirarlo, pero si me dio tiempo a verlo y a apreciarle los colmillos, que me parecieron tremendos.

El problema es que él también me vio a mi, y el arreón que pegó me dejó con una desazón acorde a la categoría del guarro.

Eso fue en el mes de febrero pasado, y desde aquel momento no pude parar de pensar en el cochino, sin dejar pasar una sola luna sin esperarlo en la misma charca. Y sin volver a verlo. Me entraron cochinas con marranchones, y en ocasiones algún macho mediano. Pero a él no volví a verlo.

Y cada vez que me quitaba del puesto pensaba, con desánimo, en que después de haberlo espantado habría cambiado la querencia. Sin embargo, cada cierto tiempo el guarda me comentaba que había vuelto a verle la pisada en la misma zona, lo cual volvía a ilusionarme.

Y a todas estas llegó el mes de diciembre, y por supuesto volví a intentarlo, pero esta vez, en vez de hacerlo en la charca lo hice en los rasos en los que desemboca el barranco, ya que las encinas que lo salpican las tenían levantadas de rebuscar las pocas bellotas que quedaban.

  Me puse debajo de una carrasca grande, que por estar en un plano algo superior domina perfectamente la salida del gollizno, y con el aire hacia los rasos, por lo que si los cochinos entraban como debían de hacerlo, no los airearía.

No había pasado más de media hora desde que me había puesto, cuando oí dentro de lo apretado del monte quejarse una cochina.

Fue pasando el tiempo y cada vez los oía levantar piedras más cerca de mi. Pero lo que me tenía en absoluta tensión, era que seguía oyendo a la cochina quejándose, y a la vez un gruñido más ronco y fuerte de una macho que la achuchaba.

Poco a poco la piara fue acercándose a la salida del barranco, y de repente vi varios cochinos medianos en dirección a una carrasca que tenía a mi izquierda, y detrás de ellos lo que me pareció una cochina.

No tardó en salir. Por los mismo pasos de la hembra, y unos diez metros detrás de ella, apareció un pedazo de cochino que me puso a temblar.

Iba con el morro levantado y con el regruñir que llevan cuando están encendidos. Era todo cabeza y pechos, escurrío de atrás. Era imponente. El lance fue rápido, y al acercarme a verlo, tuve esa mezcla contradictoria de alegría y de pena que supongo que todos habréis tenido.

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